El problema de la perfección

El problema de la perfección

Ser padre es una de las tareas que más energía consume y que más responsabilidades exige. 

Además, nunca se termina. Una se cree que cuando los hijos acaben el colegio, se descansará. Pero no… a mayor edad, mayores problemas diría yo. 

Y todos deseamos hacerlo bien. De hecho, una de las cosas que más deseamos, la mayoría de nosotros, es que tras nuestra muerte nos recuerden como un buen padre o una buena abuela. Yo me visualizo a mi misma en el futuro siendo una abuelita divertida con la que mis nietos desean estar, haciendo “todas esas cosas que sus padres no les dejan hacer”.

Pero claro, queremos hacerlo tan tan bien, que esto se convierte en una fuente de estrés en sí misma. Hay otros motivos de estrés en la paternidad que iré recogiendo en futuros posts. Pero hoy me interesa centrarme en este perfeccionismo. Este perfeccionismo que nos atrapa. 

Algunos recordatorios

  • En primer lugar, nadie es perfecto; y tú, tampoco. Sí, lo siento. Todos los padres nos vamos a equivocar, o cuanto menos, en algún momento vamos a haber deseado actuar de otro modo. Así que no te fustigues. Del mismo modo que estás viva, eres imperfecta. 
  • En segundo lugar, eres perfecto en tu imperfección. Pues sí. Todos vemos defectos en nuestros padres. Los padres de los demás a menudo son más comprensivos, más abiertos, más estables que los nuestros. Bueno, esto es lo que nosotros creemos. Pues a nuestros hijos les ocurre lo mismo: los demás padres tienen siempre virtudes que nosotros no tenemos. Pero sin embargo… si tuvieran que cambiarnos, ¿lo harían? La respuesta en la mayoría de los casos es que no. Y ¿sabes por qué? Porque aman nuestra imperfección. Porque somos perfectos en nuestra imperfección.
  • En tercer lugar, recuerda que tus hijos tampoco son perfectos. Llega el verano, las vacaciones, y las rutinas cambian. Los niños no tienen horarios, y menos los adolescentes. No busques su perfección. No esperes, ni aspires, a que tu hijo recoja su cuarto, y dedique un tiempo a leer, y otra ratito a hacer esos deberes que le han mandado en el cole; y que además juegue y que además recoja los juguetes, y que además se bañe, y además, y además, y además… Ellos no son perfectos… afortunadamente. Y¿verdad que los amas en su imperfección? Porque ellos también son perfectos siendo imperfectos.

Recuerda

La exigencia genera estrés. Un poco de estrés es bueno. Nos hace ser mejores, nos activa y nos ayuda a caminar. Pero no busques, y sobre todo, no esperes ser perfecta. Y tampoco les exijas a los tuyos que lo sean. 

Permítete caer, para poder levantarte. Esta es una de las mejores enseñanzas que podemos transmitirles a nuestros hijos. 

Sé transigente contigo, y lo serás con tus hijos. 

Sé comprensivo contigo, y lo serás con los tuyos.

 

No busques ser perfecta y, sobre todo, no esperes ser perfecta. 

Culpable no. Responsable sí

Le he gritado a mi hijo y ahora me siento culpable. 

Me ha entrado un ataque de nervios y le he soltado un bofetón a mi hija. Ahora me siento fatal. 

¡¡¡¡Noooooo!!!! ¿Pero qué ha pasado? Si lo tenía todo controlado. Estaba muy tranquila, y de pronto… me he metido en el bucle de la ira y ha sido todo un desastre. ¡¡¡¡Me siento fatal!!!! 

¿Qué madre o qué padre no se siente identificado al leer esto?

Nos ha pasado a todos, y me temo que en algún momento nos seguirá ocurriendo. Hacemos o decimos cosas de las que luego nos arrepentimos, y sobre todo, nos sentimos culpables.

Una vez que entramos en la culpa, es difícil salir, y como dice mamá tribu, se convierte en un monstruo que me persigue constantemente, que controla todo lo que hago, que está al pie del cañón para juzgarme a la mínima que patino.

Pues bien, tengo buenas noticias. Todo tiene una explicación.

Resulta que, como todos sabemos, a veces hacemos cosas sin pensar. Nuestro organismo, nuestro cerebro, está preparado para actuar sin pensar en determinados momentos, sobre todo cuando estamos en peligro. Por ejemplo, cuando yo voy a cruzar una calle, y viene un camión, mi cuerpo, sin que yo lo decida, se retira hacia atrás o sale corriendo; o, por ejemplo, estoy sentada tranquilamente, siento un picotazo en el brazo y me golpeo el brazo con la otra mano para “eliminar” la causa del picotazo. Hay mil situaciones de este tipo.

Para que mi cuerpo pueda reaccionar así, se tiene que activar una zona del cerebro que actúa de un modo automático, rápido, instantáneo. Como un reflejo. La zona responsable de esto es la amígdala, que entre otras cosas se ocupa de gestionar el miedo.

Podemos decir que la amígdala ha decidido por mi. ¿Soy culpable de haber corrido para evitar que me atropelle un camión? ¿y de darme un manotazo? Obviamente no. No soy culpable puesto que no lo he decidido. 

Es posible que al salir corriendo para evitar ser aplastada por este camión, choque sin querer con alguien. Tampoco soy culpable de esto. Puedo disculparme, pero ha sido involuntario. Yo no decidí chocar contra esa persona.

Pues resulta que cada vez que yo pierdo los nervios con mi hijo; grito y estoy fuera de mi; “se me va de las manos”; o le doy un azote a mi hija… lo hago desde mi amígdala. Es decir, es mi cerebro el que me dirige. Mi cerebro, que es el cerebro de un ser humano que raras veces se enfrenta a peligros reales, se cree que estoy en peligro, y reacciona sin preguntarme. Y entonces yo hago cosas que no habría hecho, de haber tenido tiempo de decidir.

Y por tanto no debería sentir culpa. Yo no decidí conscientemente gritar, dar un portazo, o mandar a todos a la mierda. Ha sido mi cerebro.

Pero, pero pero…

Aunque no sea culpable, soy responsable. Y esto es muy importante.

La culpa no me lleva a la acción. La culpa no me lleva a mejorar, porque es tan negativo su efecto que impide que busque una solución. Pero la responsabilidad sí.

No eres culpable, pero sí responsable.

Y por tanto, deberás disculparte por el portazo, por el azote, o por los gritos, si así lo consideras. Y, en mi opinión, deberías buscar una solución para tener menos reacciones de ese tipo. Si tú solo no puedes, entonces busca ayuda.

Yo, cuando comencé a practicar meditación, me di cuenta de que mis estallidos eran menos y menos. Yo no soy ahora una balsa de aceite, pero sin duda soy mucho más estable emocionalmente, y mis reacciones son mucho menos numerosas.

Cuando se te escape alguna de estas conductas, bueno, tómatelo con cierto humor. Al fin y al cabo, lo ha hecho tu amígdala. Perdónate, y hazte responsable.

 

Cuando te sientas preso de la culpa, recuerda que no eres culpable. Pero sí responsable. Toma las riendas y decide conscientemente si deseas mejorar. 

Si así lo deseas, ten la seguridad de que lo conseguirás. 

Esto tiene solución.

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