¡Y llegan las vacaciones!

¡Por fin llegan las vacaciones!

Se han terminado los madrugones, las prisas para llegar al cole a tiempo, los deberes eternos y los exámenes.

Pero… nuevos monstruos acechan…

Hoy voy a hablar sobre…

¡El adolescente que se pasa media mañana durmiendo, y la otra media tirado en el sofá!

Sí, ese adolescente que, haya aprobado o no, no baja a la piscina (en los casos de afortunados que tengan piscina en casa); ese chico que no para de mirar el móvil, o se pone a ver programas “educativos” como hombres, mujeres y viceversa. Esa niña de 13 años que no sale de su cuarto, pasando horas y horas en instagram.

¿Qué hacemos?

Personalmente me he enfadado muchísimo con ellos. Afortunada yo que estaba las mañanas en casa, y afortunada yo que tengo piscina en mi casa. Afortunada también porque habían aprobado todo. Y aún teniendo todo esto… el “estrés de junio y julio” apareceHace poco me decían mis hijos:

– Ya empieza mamá con sus frases de junio: ¿Quieres hacer la cama, POR FAVOR?

Y sí, de pronto el tenerlos delante, sin hacer nada, a mi, al menos, me estresa muchísimo.  Yo sigo con mi trabajo, en casa. Y me cuesta concentrarme. Acostumbrada a estar sola, tengo que adaptarme a las nuevas mañanas, con compañía en casa.

Pero deseo compartir con vosotros cómo he aprendido a pasar de miles de normas, a pocas, pero con sentido.

A veces de pronto exigimos muchas cosas a nuestros hijos. Me lo he encontrado también en consulta, de modo que siento que es algo bastante extendido: sacar al perro, hacer la cama, recoger el baño, recoger tu cuarto, repasar química (que me ha dicho el profe que te vendría bien). Y además, tratar de limitar las horas de móvil y televisión.

¡No! No quiero que cada día se convierta en una discusión eterna.

Un día me miré a mi misma, y me pregunté:

¿Por qué tienen que hacer la cama? ¿Les prohibimos ver la televisión? ¿Que arreglen su cuarto? ¿Es importante que madruguen?

Y cada vez que no había una respuesta de peso, me replanteaba esa norma. Y sobre todo, observaba si yo lo hacía.

¿Yo madrugo cuando estoy de vacaciones? ¿Yo me relajo en cuanto al orden? ¿Me relajo en cuanto a horarios?

Así que cada vez que la respuesta a una norma sea “porque es lo que hay que hacer”, replantéatela, porque esa no es una razón de peso.

Y cada vez que observes que pides algo que no haces, replantéatelo, entre otras cosas porque no serás capaz de pedirlo con convencimiento, y no te obedecerán.

Por favor, no me malinterpretes. No se trata de que no haya normas, se trata de que estas sean conscientes.

RECUERDA: son TUS normas

Algo muy muy importantes es que esas normas sean muy personales. Son las tuyas, las de tu familia. Las de las personas que viven en un mismo espacio. Tu madre te criticará si son diferentes a las suyas. Y al oír comentarios de tus amigas o vecinas, te preguntarás si lo estás haciendo bien. Y sí, si lo haces con consciencia, estás haciendo lo correcto, porque es lo correcto para tu familia.

Explícale a tu hijo por qué te gustaría que recogiera su cuarto. Por ejemplo, dile que así te ayuda, que tú tienes que trabajar, y así te quita algo de trabajo. O dile que te parece importante que recoja su cuarto, porque el orden es importante y a ti te gusta estar en una casa ordenada. Además es más limpio. O dile que si va a comprar eso que le has pedido, podréis preparar una comida rica y diferente de la de ayer, porque tú no tienes tiempo de ir a comprar.

Explica por qué sientes que esa norma es importante.

Y de verdad, si sientes que no es necesario hacer el cuadernillo de deberes de vacaciones que te ha mandado la profe, no le pidas a tu hija que lo haga. ¡No pasa nada!

HE APRENDIDO A RELAJAR LAS NORMAS, TOMANDO CONSCIENCIA DE LO QUE ME IMPORTA REALMENTE.

Culpable no. Responsable sí

Le he gritado a mi hijo y ahora me siento culpable. 

Me ha entrado un ataque de nervios y le he soltado un bofetón a mi hija. Ahora me siento fatal. 

¡¡¡¡Noooooo!!!! ¿Pero qué ha pasado? Si lo tenía todo controlado. Estaba muy tranquila, y de pronto… me he metido en el bucle de la ira y ha sido todo un desastre. ¡¡¡¡Me siento fatal!!!! 

¿Qué madre o qué padre no se siente identificado al leer esto?

Nos ha pasado a todos, y me temo que en algún momento nos seguirá ocurriendo. Hacemos o decimos cosas de las que luego nos arrepentimos, y sobre todo, nos sentimos culpables.

Una vez que entramos en la culpa, es difícil salir, y como dice mamá tribu, se convierte en un monstruo que me persigue constantemente, que controla todo lo que hago, que está al pie del cañón para juzgarme a la mínima que patino.

Pues bien, tengo buenas noticias. Todo tiene una explicación.

Resulta que, como todos sabemos, a veces hacemos cosas sin pensar. Nuestro organismo, nuestro cerebro, está preparado para actuar sin pensar en determinados momentos, sobre todo cuando estamos en peligro. Por ejemplo, cuando yo voy a cruzar una calle, y viene un camión, mi cuerpo, sin que yo lo decida, se retira hacia atrás o sale corriendo; o, por ejemplo, estoy sentada tranquilamente, siento un picotazo en el brazo y me golpeo el brazo con la otra mano para “eliminar” la causa del picotazo. Hay mil situaciones de este tipo.

Para que mi cuerpo pueda reaccionar así, se tiene que activar una zona del cerebro que actúa de un modo automático, rápido, instantáneo. Como un reflejo. La zona responsable de esto es la amígdala, que entre otras cosas se ocupa de gestionar el miedo.

Podemos decir que la amígdala ha decidido por mi. ¿Soy culpable de haber corrido para evitar que me atropelle un camión? ¿y de darme un manotazo? Obviamente no. No soy culpable puesto que no lo he decidido. 

Es posible que al salir corriendo para evitar ser aplastada por este camión, choque sin querer con alguien. Tampoco soy culpable de esto. Puedo disculparme, pero ha sido involuntario. Yo no decidí chocar contra esa persona.

Pues resulta que cada vez que yo pierdo los nervios con mi hijo; grito y estoy fuera de mi; “se me va de las manos”; o le doy un azote a mi hija… lo hago desde mi amígdala. Es decir, es mi cerebro el que me dirige. Mi cerebro, que es el cerebro de un ser humano que raras veces se enfrenta a peligros reales, se cree que estoy en peligro, y reacciona sin preguntarme. Y entonces yo hago cosas que no habría hecho, de haber tenido tiempo de decidir.

Y por tanto no debería sentir culpa. Yo no decidí conscientemente gritar, dar un portazo, o mandar a todos a la mierda. Ha sido mi cerebro.

Pero, pero pero…

Aunque no sea culpable, soy responsable. Y esto es muy importante.

La culpa no me lleva a la acción. La culpa no me lleva a mejorar, porque es tan negativo su efecto que impide que busque una solución. Pero la responsabilidad sí.

No eres culpable, pero sí responsable.

Y por tanto, deberás disculparte por el portazo, por el azote, o por los gritos, si así lo consideras. Y, en mi opinión, deberías buscar una solución para tener menos reacciones de ese tipo. Si tú solo no puedes, entonces busca ayuda.

Yo, cuando comencé a practicar meditación, me di cuenta de que mis estallidos eran menos y menos. Yo no soy ahora una balsa de aceite, pero sin duda soy mucho más estable emocionalmente, y mis reacciones son mucho menos numerosas.

Cuando se te escape alguna de estas conductas, bueno, tómatelo con cierto humor. Al fin y al cabo, lo ha hecho tu amígdala. Perdónate, y hazte responsable.

 

Cuando te sientas preso de la culpa, recuerda que no eres culpable. Pero sí responsable. Toma las riendas y decide conscientemente si deseas mejorar. 

Si así lo deseas, ten la seguridad de que lo conseguirás. 

Esto tiene solución.

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Por qué no me gusta hablar de escuelas de padres

No me gustan las escuelas de padres. No, no me gustan. Nunca me gustó llevar ninguna, y tampoco me ayudaron demasiado cuando yo participé en alguna como madre. 

 Y no es que tenga nada en contra de ellas; en absoluto. Simplemente es que cada cual ha de saber en qué cree, y en qué tipo de tareas se siente mejor. Y yo no me siento bien en una escuela de padres. Simplemente, no me gusta decirle a otros padres lo que deben hacer.

Y, ¿Por qué?

Pues porque a lo largo de los últimos 20 años he llegado a dos conclusiones: 

  • Hay tantos estilos de paternidad como padres. 
  • De nada sirve que me digan lo que he de hacer como madre, si yo no me lo creo.

La paternidad ha de ser, ante todo y sobre todo, coherente. Y cuando no somos coherentes, me atrevería a decir que incluso enfermamos. 

Antes que padres, todos hemos sido hijos. Y queramos o no, hemos aprendido un sistema de paternidad que vamos a reproducir, de modo inconsciente, con nuestros hijos. A veces, también ocurre que nos vamos, como un tipo de rebelión, al extremos opuesto y educamos haciendo lo contrario de lo que han hecho con nosotros. Sea como fuere, educamos desde nuestra educación, desde el modelo recibido.

Pongamos por ejemplo que a mi me han educado en un entorno autoritario, en el que las normas eran inamovibles, rígidas y exigentes. Es muy posible que yo, o bien sea una persona muy estricta con mis hijos, o bien sea una persona muy laxa en mis límites y normas.

Si yo voy a una escuela de padres, como me ocurrió, en la que me dicen que lo mejor es un entorno democrático, en el que las normas no se impongan sino que se negocien; y donde reine ante todo con un clima de diálogo y de escucha, lo más probable es que no sepa de qué me están hablando. En el mejor de los casos, sabré de qué me hablan pero o puedo pensar que es una tontería; o no sé por dónde comenzar.

¿cuál es mi consejo como profesional?
  • Lo primero es que no te creas lo que te cuentan. Escúchalo, sí. Por supuesto. Con atención, respeto y humildad. Pero cuestiónatelo. 
  • En segundo lugar, te diría que observes cómo has reaccionado al escucharlo: si te ha parecido una estupidez, si lo ves difícil, si lo ves iluso… Estas observaciones te van a dar mucha luz.
  • Y en tercer lugar, pregunta todo lo que necesites y desees. No sientas vergüenza.
Además

Para mi el acompañamiento a familias no pasa por una escuela de padres. Y es por esto que comenzaba diciendo que no me gusta llamarlo así.

Para mi se trata de un acompañamiento, es decir, de ofrecer una mano a quien desee tomarla. No pidas ayuda si no la necesitas. Pero pídela si la necesitas. Y esto es muy importante: no se puede ayudar a quien no desea ayuda. A veces parece que el profesional te dice cómo has de ser, y si no eres así, entonces crees que debes cambiar. 

¡No! ¡En serio! No pierdas tu tiempo ni hagas que los demás pierdan el suyo. Si estás tranquilo con tu modo de interactuar con tus hijos, sigue por ese camino. Pero si estás inquieto, inseguro, perdido, pide ayuda. Para mi, lo ideal no es alguien que te dice lo que debes cambiar en tu modo de educar. Sino alguien que te ayude a descubrir cuál es tu paternidad coherente. De qué modo sientes que efectivamente eres coherente al educar con lo que piensas, sientes y haces. 

Yo no sé qué tipo de madre o de padre debes ser. Bueno sí, lo sé: has de ser el tipo de padre que desees ser, que sientas que debes ser. 

Sólo desde la coherencia un padre puede sentirse seguro de lo que está haciendo. Y sólo así puede tomar las riendas de la que es su máxima responsabilidad en la vida: educar y criar a sus hijos. 

 

 

Has de ser el tipo de padre que desees ser, que sientas que debes ser
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