Sobre mí

Quién soy

Pedagoga, terapeuta, escritora y madre Patricia Díaz Caneja

"Lo único que podemos cambiar es a nosotros mismos, y si yo he podido, te aseguro que tú también puedes."

Soy pedagoga con más de 20 años de experiencia en el mundo de la educación. Trabajé con niños con necesidades educativas especiales y dificultades de aprendizaje (autismo, TDAH, Síndrome de Down, Síndrome de Angelman, Dislexia…), y con sus familias. En 2009 comencé a practicar meditación y mi actitud ante la vida cambió de modo impensable.

Me formé como instructora de meditación y Mindfulnessterapeuta integralfacilitadora de Mindfulness en educación y Coach educativa. Si tuviera que decir qué es lo que más me gusta de mi trabajo, diría que me fascina ayudar y acompañar a quien lo necesita y desea ser acompañado.

Si tú estás bien, todo lo demás lo estará.

Lo único que podemos cambiar es a nosotros mismos, y si yo he podido, te aseguro que tú también puedes. La vida es más sencilla de lo que a veces nos creemos y a menudo nos la complicamos demasiado. Es entonces cuando comenzamos a sufrir.

Si estás cansada/o de luchar, o si deseas conocer la práctica, sólo tienes que probar. Si tú estás bien, todo lo demás lo estará.

Mi historia

Si yo he podido, te aseguro que tú también puedes

Como muchas personas, yo conocí el mundo de la meditación y el Mindfulness a partir de un momento crítico en mi vida. Acababa de divorciarme, y literalmente estaba agotada de luchar contra lo que la vida me había puesto delante.

Aunque con una educación católica a mis espaldas, hacía tiempo que no practicaba y me sentía una víctima muy perdida, herida, dolida y triste. Como ocurre a menudo, estaba muy irascible y saltaba por casi nada, y lo pagaba con mis hijos. La herencia de una educación bañada de gritos, sin inteligencia emocional y con grandes pérdidas de control salía a borbotones a través de mis palabras. Y la culpa se apoderaba de mí.

Afortunadamente todos tenemos a alguien que nos sugiere algo nuevo. En mi caso fue mi hermana la que me recomendó un taller de dependencia emocional. Como pedagoga, las terapias no eran ajenas a mí y la psicología siempre había estado cerca. Sin embargo, ese taller fue el inicio de algo diferente. Tras él, comencé a practicar la meditación en silencio, sin que aún se hablara de Mindfulness. Unos años más tarde, y tras sentir los cambios que esta práctica me estaba aportando y al observar que no sólo yo, sino también quienes me rodeaban lo veían, comencé a llevarlo a otros y a incorporarlo a mi práctica profesional. Más adelante publicaría dos libros sobre Mindfulness y familias (Un Bosque Tranquilo y El Hada Habla), y esta práctica me llevaría a vivir el segundo momento más duro de mi vida con paz, confianza y consciencia.

Hoy por hoy se puede encontrar mucha información en la red y fuera de ella sobre lo que es la atención plena (traducción de Mindfulness), que básicamente consiste en darse cuenta de lo que ocurre dentro y fuera de una, en el momento en que esto ocurre. Y es que la mayoría del tiempo nuestra mente está en un automático (Red Neuronal por Defecto), que vagabundea, que rumia, que está en cualquier lugar menos donde está la persona físicamente. Así, puedo estar en cualquier pensamiento mientras mi profesor me explica, mi padre me habla, mi amiga me cuenta una confidencia o mis hijos me comparten un problema; estoy pensando en la lista de la compra mientras leo o conduzco, o pienso en la enfermedad de mi madre mientras veo una película o como.

En sí mismo esto puede o no ser un problema para la persona, pero suele ocurrir que tomamos consciencia de ello y deseamos cambiarlo cuando esta mente errante está en bucle con pensamientos que nos perjudican: o bien nos impiden concentrarnos, o bien nos dicen que no valemos lo suficiente, o bien nos recuerdan una y otra vez el fallo que cometimos ayer, o nos advierten de que definitivamente no llegaremos tampoco esta vez a fin de mes con suficiente dinero. En fin, que vivimos haciendo caso a unos pensamientos o de unas emociones que nos sacan del presente y nos suelen provocar estrés, ansiedad, depresión, obsesiones o insomnio.

 

La práctica de la atención plena no sólo implica prestar atención a este preciso momento (sea como sea, ya sea agradable o desagradable), sino que nos proporciona calma, concentración, empatía, confianza en la vida; nos hace más fuertes, más valientes; menos reactivos, menos controlados tanto por lo que nos viene de fuera como de nosotros mismos, y nos enseña a ser más dueños de nuestras acciones. En definitiva, mucho más responsables y poderosos, al aceptar la vida con lo que nos trae, y dándonos las herramientas para cambiar lo que deseamos cambiar.

En realidad, incluso cambian nuestras circunstancias porque al cambiar nuestro modo de estar, ver y sentir el mundo que nos rodea, se modifican nuestras respuestas ante ello y como consecuencia, nuestras circunstancias se convierten en diferentes.

En la práctica de Mindfulness existen 4 ejes principales: la respiración, el cuerpo, las emociones y los pensamientos. Y es precisamente alrededor de ellos como se organizan los talleres que, tanto para niños, como adolescentes o adultos, desarrollo en mi centro. Las actividades, los tiempos, las palabras y los ritmos son diferentes, pero la base es la misma. Del mismo modo, hay adaptaciones para grupos con determinadas características, como quienes tienen TDAH o problemas de atención o concentración, o quienes tienen Trastorno del Espectro Autista, pero las bases son las mismas. Y lo más importante, los resultados son apreciados por todos ellos.

La práctica de Mindfulness tiene hasta 100 beneficios descritos, que van desde los enumerados anteriormente, hasta una mejor gestión de las emociones, mejor rendimiento escolar, deportivo y laboral, sensación de bienestar, mejor sistema inmunológico, disminución del insomnio, aumento de la autoestima y el autoconcepto, fomento de la creatividad, unas inteligencias emocional y espiritual mayores, una disminución de la culpa y los juicios, y un largo etcétera.

Y como dijeron mis hijos al poco de que yo comenzara a practicar “mamá, estás rarísima pero ya no gritas”: uno cambia, pero para mejor. Siempre para mejor.

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