Si has llegado hasta aquí, probablemente te sientas identificada con esta frase: “Pierdo los nervios con mi hijo y le pego”. Puede que la hayas dicho en voz baja, con miedo, o que incluso te cueste reconocerla. Y seguramente lo haces con mucho malestar, con culpa y con tristeza.
Lo primero que quiero que sepas es que no estás sola. En consulta, muchas madres me dicen exactamente lo mismo. No se trata de ser malas madres, sino de estar atrapadas en una situación que duele y que no sabemos cómo manejar.
Este artículo no está escrito para juzgarte. Está escrito para comprenderte, acompañarte y ofrecerte recursos prácticos que pueden ayudarte a reaccionar de otra forma. Recuerda que lo que te ocurre o lo que haces no habla de una “mala madre”, sino de una mujer que se siente desbordada, cansada y sin recursos en momentos de tensión. Este artículo no es un juicio. Es un espacio para comprender, acompañar y ofrecer caminos para salir de ese bucle.
¿Por qué pierdo los nervios con mi hijo?
Primero, el día se vuelve un volcán…
Ser madre es una experiencia inmensa, pero también agotadora. La falta de sueño, la lista interminable de tareas y esa carga invisible que nunca descansa pueden convertir cualquier chispa en un incendio. No quieres gritar ni pegar… simplemente tu cuerpo dice basta.
A veces, además, cargamos con expectativas imposibles: la madre siempre paciente, siempre disponible, siempre amorosa. Y cuando la realidad no encaja con ese ideal, la frustración se cuela y nos hace explotar.
Y luego está nuestra propia historia. Crecimos viendo cómo se resolvían los conflictos en casa. Quizá te prometiste que no repetirías ciertos patrones… pero el cerebro, en momentos de estrés, rescata lo aprendido. No es que falles: son herramientas antiguas que ahora necesitas renovar.
Después…
Tras un momento de violencia, la montaña rusa emocional es brutal. Culpa (“Soy la peor madre del mundo”), tristeza, vergüenza… y el miedo que se instala: ¿y si lo repito?, ¿y si le rompo el corazón a mi hijo?
Sentir todo esto es normal. Lo importante es saber que puedes cambiar la historia a partir de aquí.
Cómo lo vive tu hijo
Los niños no sólo escuchan lo que decimos; sienten lo que hacemos. Un grito, un golpe, un portazo… y de pronto su seguro mundo se tambalea. Pueden pensar que no los quieres o que ellos hicieron algo terrible.
Además, aprenden observando. Si ven que los conflictos se resuelven con gritos o golpes, podrían repetir ese patrón. Pero aquí viene la buena noticia: no está todo perdido. Lo que más les marca no es un error aislado, sino la capacidad de reparar y mostrar otras formas de actuar.
Cómo lo vives tú
Siempre lo vives de un modo muy duro, juzgándote en exceso y diciéndote cosas que no les dirías a los demás. Por ejemplo, puede aparecer:
- Culpa: “Soy la peor madre del mundo.”
- Tristeza: te duele haber hecho daño a la persona que más quieres.
- Vergüenza: incluso te cuesta compartirlo con tu entorno por miedo al juicio.
- Miedo: a que tu hijo deje de quererte o a repetirlo otra vez.
Quiero que sepas que sentir todo esto es normal. Y también que se puede cambiar.
De hecho, en mis talleres utilizo una práctica de Susan Bögels, que consiste en tomar consciencia de la diferencia de comentarios que utilizamos cuando nosotras “perdemos los nervios” frente a los que usamos cuando una amiga nos cuenta “que ha perdido los nervios”. Somos mucho más amables y comprensivas con los demás que con nosotras.

¿Qué hago si le pego a mi hijo por perder los nervios?
Si ya ocurrió, esto puede ayudarte
- Reconoce lo que pasó. Sin excusas. Sin peros.
- Pide perdón: un “Lo siento, no estuvo bien” vale más que mil explicaciones. Explícale que no es su culpa
- Valida sus emociones: deja que exprese miedo o enfado, y hazle saber que le entiendes.
- Repara el vínculo: un abrazo, palabras de calma, la certeza de que no fue su culpa.
- Busca apoyo: detecta qué te desborda y pide ayuda profesional si lo necesitas.
Cómo evitar perder los nervios con los hijos
Para que no vuelva a suceder…
- Observa tus detonantes. ¿Te ocurre cuando estás agotada, con prisa, tras una discusión?
- Pon un freno rápido. Respira hondo, cuenta hasta diez, sal de la habitación un minuto. No es huir, es proteger.
- Cuida tu energía. Dormir, delegar, tener un rato solo para ti no es un lujo: es supervivencia.
- Acompañamiento profesional. Una terapeuta o una coach especializada en crianza consciente puede darte herramientas y romper los viejos patrones.
Preguntas que escucho mucho
¿Es normal perder los nervios?
Más de lo que creemos. Y se puede aprender a gestionarlo. De hecho, si yo estoy aquí ahora es porque he perdido muchas veces los nervios.
¿Soy una mala madre por haber pegado?
No. Eres una madre que necesita recursos y descanso. Y el mero hecho de que te lo estés cuestionando dice mucho más de ti de lo que crees.
¿Cómo reparo el daño?
Con diálogo, validación emocional y mostrando nuevas maneras de resolver los conflictos.

Quédate con esto
Tus hijos no necesitan una madre perfecta; te necesitan presente y consciente. Recuerda que ellos eligen a sus padres. Lo valioso no es que nunca te equivoques, sino que sepas reconocer el error y dar pasos para cambiar.
Cada gesto hacia una crianza más consciente y respetuosa fortalece vuestro vínculo y abre la puerta a una relación más sana.
Si sientes que este texto habla de ti, no tienes que recorrer el camino sola. En consulta trabajo cada día con madres que quieren criar desde la calma y la conexión. Podemos hacerlo juntas.
Te recomiendo además mi libro El Hada Habla, donde hablo de todo esto y mucho más.
Perder los nervios no te define como madre. Puede ser una señal de que necesitas parar, descansar y encontrar nuevas herramientas. Para empezar a cuidarte y descubrir otra manera de relacionarte contigo y con tus hijos, te comparto este enlace donde podrás conocer mis libros sobre mindfulness para padres, hijos y educadores.
Y recuerda: no tienes por qué vivir esta situación sola. Si sientes que necesitas un acompañamiento más profundo, en mi espacio de terapia familiar trabajamos juntas para que dejes de reaccionar desde el enfado y empieces a vivir la crianza con más calma, confianza y conexión con tu hijo.