La maravilla de no hacer nada

La maravilla de no hacer nada.

Si te dijera que te deseo un verano en el que pierdas el tiempo, en el que no aproveches para hacer nada… ¿cómo te lo tomarías?

Me he pasado unos días, en realidad muy pocos, en una Ermita (quizás otros lo llamarían cabaña) sin cobertura, sola, sin otra compañía que los pájaros, los jabalís y las cabras montesas que venían por la noche. También conviví con muchos insectos, con un gato que me visitaba de vez en cuando, y con el viento, los árboles y el agua fría.

Estaba en el entorno de un Monasterio al que bajaba cada día a recoger la comida y la cena, y a compartir los ratos de meditacion (o de oración, como cada uno lo nombre). Tampoco estaba en plan  Walden, de Henry David Thoreau. Pero para lo que yo estoy acostumbrada, fue una prueba de silencio y soledad.

Mi objetivo era , por un lado, silenciarme; y, por otro, escuchar. EscucharMe y escuchar los sonidos del silencio y de la naturaleza. Había también un objetivo místico y trascendental, que tal vez lo comparta en otra ocasión.

Sin embargo, lo que ahora deseo contarte es cómo me vi, especialmente el primer día, con un pensamiento tan absurdo que sólo puede venir de un homo sapiens sapiens:

«Tengo que aprovechar para no hacer nada» 

La maravilla de no hacer nada. ¿Por qué nos cuesta tanto parar, desconectar y no hacer nada?

Tener que aprovechar para no hacer nada es presionarse para no hacer. Es una contradicción toda en sí misma. 

La sensación de estar perdiendo el tiempo, incluso cuando el objetivo es perderlo. Así que experimenté con este no hacer. Simplemente abrí los ojos y miré. Y entonces todo entró en mí: porque sí, cuando uno mira, y mira de verdad, entonces ya no es algo que va de mí a lo que veo; es como si lo que veo, entrara en mí. Es como si la imagen me empapara.

Y entonces me empapé:

Me empapé de lo místico, de lo trascendental.

Y oí y escuché a los pájaros, que no buscan, simplemente cantan, viven.

Y miré hacia arriba y vi las ramas de los árboles moverse con el viento;

y miré hacia abajo y vi al gato que me viene a visitar. Que tampoco hace nada. Me mira paciente. Si le doy comida, la come; si no, se irá cuando se canse. Y de pronto trata de cazar una lagartija.

Y miro al suelo y veo un reguero de hormigas que no había visto.

Y me llegan los olores del paisaje.

Sale el sol, se va el sol; bajan los jabalís y las cabras y yo me meto en la ermita porque mi «turno» ha terminado y les toca a ellos.

¿Cuántas veces permitimos que nuestra mente descanse de verdad?

Este curso ha sido agotador para mí. Es curioso y contradictorio a la vez. Pero agradezco haberme atrevido a descansar y a perder el tiempo. No siempre uno puede irse unos días en soledad; y no siempre es lo que uno desea. Pero hay algunas ideas que tal vez te sirvan:

– «Juega» a no hacer nada.

Haz la prueba. Simplemente resérvate unos minutos para no hacer nada. Por el móvil en modo avión y proponte, como reto, como prueba, no hacer nada, no sé, quizás durante 5 minutos. Coloca el temporizador. Te sientas y miras por la ventana; o te vas a un parque y sólo miras. Verás cosas curiosas como:

  • te descubres mirando el móvil
  • miras el reloj porque crees que han pasado 30 minutos y sólo llevas 2
  • se te ocurren un montón de cosas que deseas apuntar porque crees que se te van a olvidar
  • te llegan ideas o comprensiones

Tómatelo como un experimento 

Tómate el aburrimiento, el perder el tiempo, como un experimento. A ver qué pasa. Todo lo que pase, estará bien.

Lo obvio

Deja tu móvil en casa. Sí, ya sé que no lo vas a hacer. Pero déjalo igual. Y de paso, deja también los de tus hijo, que sí, también sé que no van a querer. Pero lo mismo; déjalos también. Plantéalo como un juego. Y no, no te preocupes, que no vais a tener que llamar al 112 porque no os va a pasar nada. 

«Juega a los detectives»

De pequeños jugábamos a la búsqueda del tesoro, o a buscar grillos o saltamontes. Ve a un parque, o a un campo, y simplemente busca: busca pájaros; busca insectos por el suelo; busca sonidos. Cómo si fueras un niño o una niña. Es más, es una gran oportunidad para jugar con tus hijos.

¿Cuántas cosas nos perdemos por no hacer nada?

El paso del tiempo

Deseamos parecer jóvenes, como si no pasara el tiempo. Y nos pasamos el tiempo sin darnos cuenta de que el tiempo pasa mientras yo me preocupo de que no se note que pasa el tiempo. Es otro absurdo del hombre.

¡Abre los ojos, abúrrete, pierde el tiempo, que es el único modo de que la vida entre en ti!

Un buen libro

Busca un buen libro. Pero uno bueno. No hace falta que sea muy largo. Uno corto, que te haga pensar. No te pierdas el pensar, el crear, el aprender y el recordar por «perder el tiempo» mirando videos cortos. Ya sabes a lo que me refiero.

Una buena conversación 

Llama a esa amiga a la que no ves desde hace 8 meses aunque vivís en la misma ciudad (que no es precisamente una ciudad de 20 millones de habitantes).

Habla con tu pareja; con tu hijo; con tu madre. Con quien quieras, pero aprovecha. Eso sí que es aprovechar el tiempo.

¿Qué puedo hacer yo, cada día, para no hacer nada, en el lugar donde elijo vivir ahora?

No vivimos, ni probablemente querríamos, vivir en una ermita, o en una cabaña, o en ese pueblo donde veraneamos. Elegimos vivir con otros, con ruido, con bares, con cines y con tiendas. No pasa nada. Pero puedes perder el tiempo cada día y experimentar la vida.

¿Cuándo fue la última vez que sentiste que tu vida era plena?

Te dejo con esta pregunta que me resonaba desde hace semanas y cuya respuesta me llegó en el silencio.

Si deseas acompañamiento, puedes entrar en mi web Patricia Diaz-Caneja, y verás algunas de las actividades y programas que tengo para ayudar a otros a tener y recordar este despertar y este bienestar emocional. Se puede aprender a desaprender y a perder el tiempo, sin aprovechar para hacer nada.